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Los misterios del santo rosario

Tema en 'Creencias religiosas' iniciado por Joe, 20 Nov 2018.

  1. Joe

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    Los Misterios del Santo Rosario resaltan momentos importantes y significativos en la vida de Cristo. Cristo es la luz del mundo y cada uno de estos misterios se centra en la persona de Jesús. Por eso también se les llama Misterios Luminosos. Sobre todo, son secretos que nos hacen ver o iluminar quién es Jesús realmente.

    En el bautismo en el Jordán vemos cómo Jesús es retratado por el Padre con las palabras "éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Debemos saber que Jesús es el Hijo de Dios y que es la segunda persona de la Santísima Trinidad.

    Luego, en las bodas de Caná y a petición de su madre, la Santísima Virgen María, Jesús convirtió el agua en vino. Con este milagro nuestro Señor se revela, y así como en la creación todo fue creado por el verbo, ahora el verbo transforma y cambia lo existente para darnos más vino. Esto sucede en una boda y así anuncia el tipo de unión que Cristo quiere con su pueblo. Nuestro señor quiere una unión común. Dejemos de ser nosotros y que Él sea uno. Así como en un matrimonio en el que dos se hacen una sola carne, el Señor quiere una unión con su Iglesia. Por eso se llama a sí mismo el Esposo y en el Libro del Apocalipsis el Apóstol San Juan describe esta unión como las bodas del Cordero. En otras palabras, la Iglesia y Jesús en unión eterna.

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    El n. 1.613 del Catecismo dice que Jesús, en el umbral de su vida pública, da su primera señal -a petición de su madre- con ocasión de un banquete de bodas. La Iglesia concede gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ella ve en ello la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que "en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo".

    También en el segundo misterio luminoso podemos meditar las palabras de María: "Haced lo que Él os diga". Estas palabras deben ser una misión para cada cristiano. La única manera de estar listo para recibir al Señor en las bodas del Cordero en Su cuerpo y sangre es hacer lo que Él demanda de nosotros.

    El tercer misterio es la proclamación del Reino de Dios, que nos recuerda que el Reino de Dios está aquí en su Iglesia peregrina. En otras palabras, la proclamación de Jesús es la Palabra de Dios. La Palabra de Dios, como nos dice San Pablo, es una espada de dos filos que atraviesa el pecado y hace arder nuestro corazón, como lo hicieron los discípulos de Emaús. Lo mismo nos sucede cuando escuchamos su proclamación, especialmente en la Santa Misa. Poco antes de la liturgia eucarística hacemos la liturgia de la Palabra. Cuando oímos la lectura del Antiguo Testamento, el Salmo, las letras y luego el Evangelio deben quemar nuestros corazones. Sólo así estaremos dispuestos a conocer a nuestro Señor cuando partamos el pan.

    Meditamos sobre la transfiguración del Señor en el Cuarto Misterio Luminoso. El catecismo nos dice: "Por un momento Jesús muestra su gloria divina y así confirma la confesión de Pedro. También muestra que es necesario pasar por la cruz en Jerusalén para "entrar en su gloria" (Lucas 24,26)" (CIC 555).

    Nuestro Señor nos permite ver Su gloria y divinidad y nos hace entender que Él no es sólo otro profeta justo antes de ir a Jerusalén para ser asesinado. Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías y el único Salvador. Aunque parezca un hombre destruido en la cruz, sabemos que en su persona está su naturaleza divina (él es Dios), que es todopoderoso y redentor para nosotros. Esta aparición, que sólo aparece humana, es igual al pan y al vino sobre el altar, que son considerados pan y vino, pero son el cuerpo y la sangre de Cristo. Este alimento divino nos ayudará a alcanzar la vida eterna con nuestro Señor.

    El último secreto es la institución de la Eucaristía. "Cuando Jesús celebró la Última Cena con sus apóstoles durante la Pascua, le dio un significado final a la Pascua judía. De hecho, la transición de Jesús a su Padre a través de su muerte y resurrección, la nueva Pascua, se espera en la Cena del Señor y se celebra en la Eucaristía, que llena la Pascua judía y anticipa la última Pascua de la Iglesia en la gloria del reino" (CIC, 1.341).

    La meditación sobre la Eucaristía debe hacernos querer consumirla. Para consumirlo, debemos estar en estado de gracia. En otras palabras, debemos ser confesados. Este deseo nos hará querer tener comunión con Jesús no sólo cada domingo, sino cada día (Misa diaria).

    Que el Señor nos conceda la gracia de seguir amándolo y que nos demos cuenta de que aún nos queda mucho por hacer.
     
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